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Ella es Marisa. Vive en Manantiales, un paraje muy pequeño en medio del Impenetrable chaqueño. Con una mano capaz de manufacturar un locro inolvidable y una calidez indescriptible a flor de piel abrió las puertas de su casa, su familia y su vida por un ratito. Con sus hijxs caminamos el monte, conocimos la laguna, jugamos al fútbol y nos reímos fuerte.
En un partido 4 contra 4 los mocosos me dejaron patear el penal definitivo. A diferencia de Higuain la noche anterior, la puse suave al palo izquierdo con el mini arquero de unos 10 años volando para el otro lado. Con mis 3 compañeritos gritamos, nos abrazamos y dimos una pseudo vuelta olímpica incompleta entre chivos y cerdos.
Cuando los festejos cesaron, Lucio me invitó a sentarme un arbol que había crecido de costado, apoyandose sobre el piso y me dijo “acá es donde descansamos después de los partidos”.
Me tiré un rato, hablamos del partido contra Chile, de las finales perdidas, de Di María y mucho más. Por un rato fui un niño más.
Minutos después estaban listos para otro partido, pero al verla a Marisa amasando una vez más me acerqué a una ronda de mate que recién comenzaba.
Mientras jugábamos, Marisa había hecho unas empanadillas de zapallo deliciosas. Charlamos bajo el alero que nos había protegido del sol un rato antes mientras disfrutabamos un chivito hecho por la mano maestra de su marido en el horno de barro.
No fue fácil llegar hasta ahí. A Manantiales se llega tras unos 100km de tierra. No será sencillo irse. Todo se mezcla. Sabores, sensaciones, sonrisas, palabras y emociones. Más difícil aún será no intentar volver.
Y yo que todavía ni me había ido, y ya pensaba en regresar para abrazarme con Marisa una vez más.
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Gregoria [Crónica entusiasta]

Publicado: 21 agosto, 2014 en Fotos, Textos, viajes

Gregoria está sentada desgranando maíz blanco.

– Hola, te puedo hacer unos retratos?
– ¿Y para que? Me vas a sacar fotos que no voy a ver nunca más.
– Hagamos así, yo te traigo una impresa.
– No vas a volver más.
– Soy un hombre de palabra.

Gregoria

Entre risas por mi última frase comenzamos a jugar juntos. El escenario, La Cancha en Cochabamba. Minutos después de algunas fotos y un poco de charla, sobre ella y su hijo que vive en Buenos Aires, me despido.

Pensaba en volver al día siguiente con la foto impresa de regalo. Creo que nunca había dado mi palabra con tanta seriedad y no pensaba incumplirla. Pero todo se puede hacer en La Cancha, un mercado eterno donde todo se puede conseguir si uno está dispuesto a buscar.
Recorrí cerca de 10 locales de fotografía hasta que encontré uno que tuviera lector de tarjeta CF. Un par de veces estuve a punto de darme por vencido, pero el riesgo de no volver otro día y faltar a mi palabra me movía. Los viajes son así. Uno hace y deshace planes casi sin darse cuenta.
El local estaba empapelado con fotos de quienceañeras con vestidos de colores vivos y sonrisas amplias. El muchacho tras el mostrador me prestó su computadora para hacer mi propio revelado. Me observó con detenimiento y charlamos un rato sobre formas de usar el photoshop.
Con la misión cumplida, solo faltaba hacer la entrega. Volví hasta el puesto de Gregoria y una sonrisa llena de dientes le atravesó la boca al ver la foto. Nos reímos un rato más, compartimos algo de comer y nos despedimos.
Me alejé por los infinitos pasillos que recorren La Cancha con la última frase de Gregoria resonando en mi interior: Sos un hombre de palabra.

Gregoria

Gonzalo Pardo.
Enero de 2014. Cochabamba, Bolivia.

Sala Alberdi

La policía Metropolitana avanza.
Cubierto por una fila de escuderos, el líder de grupo reparte órdenes:
– ‘Avancen’, ‘Quietos’, ‘Formación’.
Gritos que se escuchan en medio del estruendo de las escopetas. Las pistolas de paintball se asoman constantemente de la masa represora en busca de un blanco.
– Ahora vamos a hacer ruido, que nos escuchen llegar – grita una vez más en una arenga que convierte los pasos de las botas en golpes sobre el asfalto de la Avenida Corrientes.
Los chicos (sí, chicos) retroceden. Se alejan hacía el obelisco ante el arrollador paso del BRI (Brigada de Respuesta Inmediata de la Policía Metropolitana).

En medio del caos no puedo evitar pensar que quizás una respuesta pacífica ante tanta locura, sería un buen camino. Sin embargo la falta de organización y lo desproporcionado del accionar policial, juegan una mala pasada. Como si la realidad me contestara en tiempo real veo venir un pibe en bicicleta. Se ve ajeno a la situación. Me hace acordar al tipo que en las películas de zombies que se despierta en un escenario apocalíptico y tarda en entender lo que pasa a su alrededor. Lo miro. Se acerca cada vez más. Siento la necesidad de advertirle, pero no hay manera desde el rincón del edificio en que me resguardo de las balas, las piedras y los gases.
El pibe llega hasta la línea de policías que marcha implacable. Pasa a unos metros y parece que saldrá indemne. Pero no. Uno de los policías se desprende de la formación y lo persigue. Con saña, con la misma saña del que minutos antes corría a un pibe de unos 17 años al grito de:
– Atrapen a ese sucio.
Sucio, lo que se dice sucio, me pareció el instante en el que ese policía le tiraba gas pimienta en la cara al pibe de la bicicleta.
El pibe cae. Miro desde mi escondite su cara enrojecida, la bicicleta tirada, el tacho prendido fuego.
Ya es noche cerrada. La mayoría de la gente duerme.
Pero los pibes de la Sala Alberdi no. La Policía Metropolitana tampoco.
Hay mucho en juego.
De un lado, la cultura. Del otro la represión.

Texto: Gonzalo Pardo

Foto: M.A.f.I.A.

Sala Alberdi

Llego a mi casa entrada la madrugada.
Fuimos con M.A.f.I.A. a cubrir el desalojo de la Sala Alberdi. Nos llamaron porque había un despliegue fenomenal de la Policía Metropolitana.

Los chicos que acampaban en la entrada levantaron la medida por 48 horas para favorecer el diálogo con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En una actitud artera, el gobierno faltó a su compromiso y cerró la reja que separa la plaza seca de la vereda, dejando a algunos de los chicos del lado de adentro, encerrados.

Otros se concentraron ahí mismo, en la calle, advirtiendo que el Gobierno estaba faltando a su compromiso de negociar con Hernán Lombardi, el ministro de Cultura.

Yo ví a los mismos policías iniciar un incendio que desembocó en la primera “reacción”: una manguera, mucha agua dirigida a pibes armados CON NARICES DE PAYASO!!!

Después de eso vinieron los gases y las balas de pintura para marcar a los que tomaban el lugar. A los pocos minutos empezaron a sonar balazos. Ahora, hay confirmados dos heridos con balas de plomo. Uno en el Hospital Argerich, el otro en el Durand.

Es doloroso verlos reprimir de noche, dejando a oscuras el edificio a placer, armando una emboscada desleal, indigna de un político que se precie.

Es una falta de respeto la manipulación de los medios que cuentan una historia muy diferente de la que vivimos los que estábamos ahí. Sabemos que la glándula de la ética la tienen atrofiada y esto no hizo menos que confirmarlo una vez más.

Mienten: no hubo enfrentamiento. Hubo una represión brutal.

Los ministros Hernán Lombardi y Guillermo Montenegro le niegan entrevistas a todos los medios que no sean TN.

La policía nos corrió dos, cinco, ocho cuadras… pero no se conformó con eso: un efectivo disparando un cartucho de gas lacrimógeno a la cara de un pibe que iba en bicicleta volteándolo en un charco de sangre no es menos que un acto de sadismo. Lo ví con mis propios ojos.

Pibes con un promedio de 25 años que reclaman el uso de un teatro, el acceso a la cultura popular, el desarrollo de actividades comunitarias.

Políticos que defienden con balas el uso de esa estructura para la realización de actividades privadas: los mismos políticos que alquilaron el Teatro San Martín para festejar el cumpleaños de un empresario.

Cultura versus balas.
Así NUNCA va a estar bueno Buenos Aires.

Texto: Nadia Lihuel
Foto: M.A.f.I.A.

Hace unas semanas fui a sacar fotos al recital de Miss Bolivia en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti. Para los que no lo saben el espacio funciona en la Ex ESMA. Hasta ese día siempre había mirado la ESMA desde afuera. Casualmente había pasado unos días atrás caminando por fuera. La recorrí de punta a punta por la vereda desde la Avenida Crisólogo Larralde hasta la General Paz. Mi caminata se caracterizó por el silencio. Parece mentira que al recorrer ese trayecto, transitado por infinidad de autos y colectivos, los sonidos no me llaman la atención. En cambio, la reja y todo lo que está detrás, se erige inmóvil y desierto, como amenazante.

El día del recital, llegué solo y caminé despacio por dentro. Esos pabellones con muchas entradas y pocas salidas dominan el paisaje. Las escaleras que bajan hasta una pequeña puerta que parece empotrada a la fuerza en el edificio me aprietan un poco el pecho. Camino casi sin desviarme, casi como con un tímido respeto, hasta llegar al Conti. Al entrar al edificio donde se encuentra el auditorio y la sala de exhibiciones, rápidamente me chocó el contraste. Un lugar lleno de luz, como que el cambio se sienta respecto de la densidad del aire que reina en el exterior.

Lo que vino después fue mágico. Un grupo de gente que respira arte y buena onda. Gente amiga y gente que veo por primera vez en mi vida. Todos juntos. Tacitamente nos abrazamos con las miradas porque acá se vino a resignificar el horror. O como lo dijo Paz, a exorcizarlo.

Al entrar al auditorio miré el piso. Ver los pisos originales poblados de miles de pedazos de madera fue un shock. Los pisos de la ESMA. Es como si pisarlos pudiera transmitirme parte del horror. La foto acá debajo lo retrata.

El resto es historia. Miss Bolivia puso toda la fuerza que lleve en ese armónico pero escueto cuerpo y puso a todos a bailar. Esa energía copó el Haroldo Conti y la memoria se hizo presente. Porque nosotros podemos bailar en medio del horror. Y bailando cambiamos todo, pero sin olvidar nada.

Y es por eso que puedo decir que entré a la ESMA y salí del Centro Cultural de la Memoria.

Gracias.

Hoy les presento a Pedro. El es lonco en la comunidad mapuche de Malargue. Vive en lo que la mayoría conoce como “Castillos de Pincheira” pero ellos llaman por su nombre original mapuche “Malal Ko”. Pedro nos recibió en la Ruca (vivienda tradicional mapuche) que estaba terminando de construir y mate de por medio nos contó mucho sobre su cultura y costumbres que están trabajando para recuperar.

El pueblo mapuche está atravesando actualmente un proceso de reconocimiento y reencuentro con sus tradiciones y valores. Pedro nos cuenta como el está custodiando la zona. Malal Ko es un valle hermoso, donde se instaló un camping que no respeta la manera mapuche de relacionarse con la naturaleza. Por ejemplo, cambiaron el curso del rio para acomodar su camping. Es por eso que la comunidad está luchando para recuperar esas tierras y administrar la explotación turística ellos mismos. Su primer medida sería sacar el puente que construyeron. Mucha gente ve los “Castillos de Pincheira” como una hermosa atracción pero para ellos es un lugar sagrado y como tal debe ser conservado.

Valle Malal Ko

Entre mate y mate siguió la charla. Después nos dijo que tenía que ir a buscar a sus ovejas y nos invitó a caminar un rato. En la caminata nos mostró sitios para rituales, hierbas usadas para curar y nos contó muchas historias del lugar. Yo le pregunté que sentía por ejemplo cuando alguien cambiaba el curso de un rio para sacar redito económico. Su respuesta resonó un mi cabeza por un largo rato, mientras manejaba de regreso a Malargue: “No me interesa la venganza, ni guardo rencor. Porque para nosotros los mapuches, lo que pasó, pasó porque tenía que pasar. No importa el pasado, sino lo que viene”.

Pedro

Foto Valle: Gonzalo Pardo

Foto Pedro: Cooper&Gorfer

Esta es la segunda entrega de ¨Personas de mi País¨. Cómo ya sabén, son mis impresiones de las personas que conocí durante mi viaje con Project Seek.

Hoy les quiero presentar a Gallo y a Chavela, un matrimonio que vive en Tilcara, Jujuy. Pero para contarles como los conocimos, primero aprovecho y les cuento de Carlitos Cabrera. A Carlitos lo conocimos en el Museo Soto Avendaño que está justo enfrente de la plaza central de Tilcara y funciona en la casa que perteneció al ilustre Héroe Gaucho de la Quebrada de Humahuaca en la lucha por la Independencia argentina; el Coronel Don Manuel Alvarez Prado.

El museo tiene una muestra permanente donada por Soto Avendaño y exhibe obras originales en yeso del escultor, que entre otras obras, hizo el Monumento a los Héroes de la Independencia, que se encuentra en Humahuaca. Su obra es muy interesante y la visita al museo es gratuita.

Volviendo a mi relato, les quiero presentar a Carlitos.

Carlitos, además de trabajar en el museo durante la mañana, es el dueño de la ¨Peña de Carlitos¨, donde cenamos y disfrutamos de la música en vivo del mismo Carlitos y de una banda llamada ¨Los Chakras¨. Desde que lo conocimos Carlitos se mostró siempre dispuesto a ayudarnos. Primero se sacó unas fotos, cómo la que ven arriba, en las que no tuvo problemas en sacarse la camisa, para risa de todos los puesteros de la feria.

Pero después fue gran participe de nuestra estadía en Tilcara, porque nos presentó un montón de personas y también nos acompaño al Carnaval de Flores en Jueya, un pueblo muy chiquito a unos 6km de Tilcara.

Entre las personas que nos presentó estaba Chavela, que es hija del primer fotógrafo de Tilcara. No dudamos en que queriamos conocerla y ver si quería compartir fotos antiguas e historias del lugar con nosotros. Pero Carlitos nos dijo que había pasado por la casa y que no estaba. Nuestra desilución duró muy poco, porque apenas nos subimos al auto, Carlitos prendió la radio y dijo: ¨Ah, esa que habla es Chavela. Está haciendo su programa de radio. Vamos a la radio¨. Y fue así que emprendimos viaje. Llegamos a una casa con una escalera de metal y subimos con Carlitos al frente. Yo subí último y antes de entrar empece a escuchar unos ladridos terribles. Entonces se escucharon unos gritos y los ladridos pararon. Al entrar lo ví por primera vez a Gallo y al perrito diminuto que tanto impresionaba. Carlitos y yo le explicamos rápidamente porque estabamos ahí y nos invitó sin dudar a entrar al estudio.

Cuando entramos al estudio, la vimos a Chavela con los auriculares puestos presentando un tema. Gallo era el operador. En un rincón hecho de machimbre con decenas de cds colgados con tanza del techo y una computadora, puso el tema y le hizo señas a Chavela de que ya tenía el microfono cerrado. La saludamos y empezamos a charlar. Su programa era de tango, mientras que Gallo conducía el programa anterior, donde pasaba flolklore y hablaba de las tradiciones argentinas. Después de charlar un rato, en los momentos en los que había temas sonando, arreglamos que los visitariamos al día siguiente en su casa.

Al día siguiente fuimos a su casa. Nos recibieron con Mate y charlamos de todo un poco. Gallo y Chavela están casados hace más de 50 años y tienen 4 hijas y muchos nietos. Chavela nos contó que cuando se casaron hicieron un trato: Gallo elegiría los nombres de las hijas mujeres y Chavela los de los hombres. Entonces el nombró a sus 3 primeras hijas, pero cuando llegó la cuarta le dijo a Chavela, “Está te toca a vos” y le cedió la elección de nombre a pesar de su acuerdo. Son un matrimonio que disfruta mucho de la música y de las tradiciones. Son dueños de un gran local que está en la esquina de su casa. Es uno de los primeros locales que hubo en Tilcara y cuando era un almacén la gente entraba a caballo a hacer las compras. Después Gallo puso un restaurant que atendió con sus hijas, donde el tocaba junto a otros músicos, hasta muy tarde. Pero después se volvió muy desgastante y decidieron alquilar el local. Ahora es un restaurant que recibe muchos turistas.

Recorrimos un albúm con fotos de principios del siglo XX sacadas por el padre de Chavela. Ella nos contó como el había aprendido fotografía leyendo los catalogos que le llegaban desde Buenos Aires a su almacén. También era músico y nos hicieron escuchar la única grabación que había de el. Junto a su hermano tocaba bandoneón y guitarra ejecutando canciones de su autoría. Fue ahí cuando Chavela decidió regalarle a Nina y a Sarah una partitura original de uno de los temas de su padre.

Después de toda la charla, llegó el momento de las fotos. Salimos a la calle. Chavela y Gallo no tuvieron problemas. Jugaron y bailaron para la cámara.

Después de las fotos, volvimos a entrar, tomamos unos mates más y nos despedimos. Como en todo el viaje, la gente como Gallo y Chavela nos recibió de buena gana queriendo compartir su vida y sus historias. Que decir de Carlitos, guía y amigo tilcareño. A veces uno se olvida lo interesante que puede ser conocer las Personas de mi País.

Un poco de Backstage mientras Gallo y Chavela bailaban y yo asistía

Fotos: Cooper&Gorfer