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Cactus Tilcareños

Publicado: 31 marzo, 2011 en Fotos, viajes
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Cada tanto las chicas me prestan alguna de sus cámaras. En este caso, usé la Canon 5D para sacar un par de fotos en las ruinas del Pucara, en Tilcara.

Mejor ni les digo los cactus que estuve colectando para agrandar mi colección

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Otra nota publicada en la Revista LatinBackpackers, esta en el primer número en el 2005.

Hacía ya bastante tiempo que deseaba conocer el norte argentino y finalmente se me presentó la oportunidad. Mis expectativas eran muy altas a pesar de lo poco que sabía de la zona antes de llegar. Yo soy de esos que disfrutan de lo inesperado, por eso cuando viajo me gusta ir sin demasiados planes y dejar que las cosas simplemente fluyan.


Pero había algo que sabía que quería conocer sí o sí: las salinas. Así que luego de un cálido recibimiento en el Hostel Backpacker´s Salta empecé a averiguar sobre las excursiones a las salinas. Después de recopilar cierta información llegué a la conclusión de que alquilar un auto era la mejor manera de recorrer los paisajes y poder disfrutar detenidamente de ellos. Si bien el costo era algo elevado, fue fácil encontrar gente que estuviera dispuesta a compartir este viaje (y los gastos) conmigo. Nos despedimos con el exquisito y tradicional asado de los sábados en el hostel, y el domingo por la mañana partimos hacia Tucumán al volante por los kilómetros de ripio que nos llevarían a todos nuestros destinos de los próximos días.

Nuestra primera parada fue en Santa Rosa de Tastil, un pueblito pequeño al costado del camino, donde nos habían recomendado visitar sus antiguas ruinas.
Para llegar a ellas tomamos un camino que subía en medio de muchas idas y vueltas. Al llegar lo primero que nos sorprendió fue la magnitud de las ruinas. Los muros que dividían las diferentes áreas que los indígenas utilizaban para la agricultura o la ganadería llegaban hasta donde alcanzaba nuestra vista. La sorpresa no termino ahí, ya que mientras recorríamos los senderos empezamos a toparnos con todo tipo de restos de vasijas que habían pertenecido a los habitantes de ese lugar. Nos quedabamos impactados con el paisaje de montañas y los enormes cactus que se destacan entre los desniveles de las ruinas.
Maravillados por las sensaciones que nos había dejado esta visita a los restos de una cultura tan antigua, seguimos viaje. Nuestra próxima parada: San Antonio de los Cobres.
Llegamos a este pueblo montañoso alrededor del medio día. Teníamos bastante hambre y al bajar del auto sentimos el fantástico aroma a empanadas que una señora estaba preparando en una pequeña lata, una por una, delante de nosotros.
Mientras disfrutábamos del almuerzo con las típicas empanadas salteñas, me detuve a pensar por primera vez en una de las cosas que este ambiente norteño logra en el viajero: estimular todos sus sentidos.
Empezando por la vista: hay momentos en los que uno realmente no sabe hacia dónde mirar, rodeado de tantos paisajes hermosos. Siguiendo con el oído: constantemente visitado por la música tradicional de la zona o los diferentes silbidos producidos por el viento en medio de la tranquilidad. Y el olfato y el sabor, que rara vez se separan en este lugar. Toda deliciosa comida o bebida que uno pueda degustar llega unos segundos antes a nuestra nariz preparándonos para lo que nos espera.
Después de comer visitamos la feria artesanal, donde se pueden conseguir innumerables prendas y adornos típicos de la región. Desde ponchos, guantes, gorros y bufandas hechos con lana de llama hasta adornos de cerámica o madera con figuras tradicionales del norte. El paso por la feria y la compra de algún souvenir es casi una parada obligada en Salta.
Este viaje me dio la posibilidad de experimentar en carne propia los efectos de la altura. Hay regiones de la provincia de Salta que se encuentran a casi 3000 metros sobre el nivel del mar, y dicha altura se siente con un malestar en la cabeza y en el pecho. Así que decidí imitar a los locales y comencé a mascar coca. Yo soy un poco descreído, pero la verdad es que los efectos fueron casi instantáneos.
A pesar de su sabor amargo y desagradable, me olvidé por el resto del viaje del malestar y pude dedicarme a disfrutar a pleno todo lo que tenía por delante.

San Antonio de los Cobres fue la última parada antes de las salinas. Estaba tan cerca que ya estaba emocionado simplemente con la expectativa de llegar al lugar que tanto quería conocer. Y la llegada no me decepcionó en lo más mínimo. Es imposible imaginar la sensación que ese desierto blanco de sal produce. Apenas puse un pie en la dura superficie salada y la sentí crujir bajo la suela de mi borcego, me sentí fascinado. Uno siente por momentos que está caminando sobre hielo. A lo lejos vimos los montículos que generan las máquinas que recogen la sal para su comercialización. Estábamos todos callados mientras caminábamos hechizados por la inmensidad de este lugar. Fue como si cada uno deseara que ese silencio siguiera, y eso era lo que nos llevaba a mantenernos callados. Seguimos caminando. Cada paso en esa superficie inhóspita y hermosa a la vez me generaban un inmenso placer. Decidí sentarme un rato, todos nos sentamos. El piso estaba realmente frío. Nos quedamos charlando un rato más ahí mientras admirábamos ese hermoso lugar.
La verdad es que todos nos fuimos con mucha satisfacción de la salina, se notaba en nuestras sonrisas mientras ya recorríamos de nuevo el ripio de la ruta 40. Pensé que el día se iba acercando a su fin, pero este viaje tenía varias sorpresas más reservadas para mi deleite.
El camino entre las salinas y Purmamarca era impresionante, los paisajes eran fantásticos, las montañas con diferentes vetas de varios colores atraían las miradas de todo el grupo. Fuimos parando varias veces a lo largo del camino para sacar fotos de los distintos paisajes. Y no era para menos, nunca pensé que una misma montaña pudiera tener tanta variedad de colores.
Finalmente llegamos a Purmamarca, otro pueblo chiquito y hermoso en su simpleza, de calles angostas y mucha tranquilidad, ubicada a los pies del “Cerro de los siete colores”. Un lugar perfecto, con una de las ferias más lindas de los alrededores. La gente del lugar es realmente muy amable al igual que en todo Salta.
Aprovechamos esa paz para sentarnos y tomar unos mates mientras nuestro día, ahora sí, se iba acabando. Junto al atardecer, emprendimos el camino de regreso a Salta, con la satisfacción de haber pasado un día en medio de las nubes.