Malargüe, tierra de volcanes

Publicado: 16 enero, 2011 en viajes
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Esto lo escribí en el 2006 para la revista LatinBackpackers. Lo publico hoy porque mañana volveré a la Payunia una vez más.

Nuestra única escolta era la polvareda que perseguía con tenacidad incesante la camioneta que nos llevaba por caminos de ripio, principalmente transitados por camionetas de las empresas petroleras. El paisaje era en principio chato, aunque en el horizonte ya se divisaban algunos de los cientos de volcanes de la Reserva Natural ProvincialLa Payunia. Es increíble la velocidad con la que cambia la vista en este lugar. En tan solo un par de kilómetros, se pueden transitar áreas de roca volcánica, otras con diferentes colores de la tierra o con la típica vegetación baja de la estepa.

La ruta 40 nos llevó durante un largo rato siguiendo el cauce del Río Grande. Y nuestra primera parada del día fue justo sobre él, en un lugar hermoso llamado “La Pasarela”. El río se mete en una suerte de embudo de altas paredes de roca volcánica y su caudal, encerrado entre las mismas, corre enfurecido. Salgo del camino y empiezo a caminar entre formaciones rocosas de diversas formas. Es un lugar fascinante, y al llegar al borde y escuchar la furia del agua, mi corazón se detiene por un instante. Me quedaría un rato más disfrutando de eso, pero me llaman porque hay que seguir camino. En ese momento, salimos de la ruta 40 y nos adentramos en un camino muy estrecho que se extendía a través de la estepa.

Mientras nos alejábamos, nuestra guía, la adorable Dora, nos mostró un pico. Era la Punilla Huincan, donde cuenta la leyenda que un cacique Pehuenche fue enterrado junto con un gran tesoro, y aunque mucha gente lo ha buscado, nadie lo ha podido encontrar. A partir de ahí empezaron a aparecer esporádicamente algunos pozos de petróleo, que serían compañeros cada vez en mayor medida, durante el resto del camino. En el horizonte se veían muchísimos volcanes de diferentes tamaños. Parecía que todos querían asomar la cabeza, ninguno quería ser menos. La vista era impactante, en los más grandes se podían ver los restos de lava de erupciones que habían sucedido miles y miles de años atrás. Traté de imaginarme cómo sería esa zona cuando los volcanes estaban activos, pero no pude. Es tal la magnitud y la fuerza de esas formaciones que creo que es imposible darse cuenta el poder que guardan en sus entrañas. Ahora se ven pacíficos, están durmiendo, pero uno no puedo evitar mirarlos con respeto. Hay cerca de 800 volcanes en la Reserva Natural La Payunia y es una de las zonas más pobladas en toda América del Sur.

Llegamos a la casa de un puestero en el medio de la nada, donde hicimos una parada para tomar algo. Me resulta tan difícil imaginarme la vida ahí, y mientras miro al puestero pienso que no duraría dos días en la gran ciudad. Pero me sale una carcajada al darme cuenta que yo tampoco aguantaría viviendo ahí. Quien es más feliz? No puedo decidirlo, pero hay algo en la simpleza de su modo de vida y la tranquilidad de este lugar que me hace darme cuenta que probablemente él. Después de un desayuno al paso, seguimos camino. Ya empezábamos a adentrarnos en plena área de volcanes y la vista era espectacular. El Payún Matrú, el Payún Liso, la Herradura, el Cerro Fortunoso y muchos otros nos sorprendían constantemente. Pero lo más impactante fue llegar a lo que llaman las Pampas Negras, una zona de residuos volcánicos negros que llegan hasta donde alcanza la vista. Solo interrumpidos por algunos pastizales amarillos que generan un contraste bellísimo. Están formados por millones de fragmentos de una roca llamada lapili y por momentos da la sensación de que todo estuviera asfaltado. Me hizo acordar a la Salina Grande, en el norte, pero en vez de blanco el piso era negro. Fue sobre las Pampas Negras donde doblamos y nos salimos del camino principal. Siguiendo lo que apenas era una huella, empezamos a recorrerlas. Después de un largo rato, llegamos a nuestro destino, la boca del Volcán Morado. Uno de los lados de la boca está derrumbada, lo que genera una imagen espectacular. Fue ahí donde nos bajamos de la camioneta y empezamos la caminata hacia la cima del volcán. Nos acercamos lo más posible a la boca y me quedé parado ahí un rato pensando. Ahí entendí muchas cosas sobre las catástrofes con volcanes a lo largo de la historia, ya que me di cuenta que sería imposible escapar ante la furia de una erupción. Nos subimos a la camioneta y de a poco emprendimos el regreso. Entre mates, chistes y canto con los compañeros de viaje, lo hicimos mucho más ameno. Es que estábamos todos muy impacientes, sabíamos que a la vuelta, en el Hostel Internacional Malargüe nos esperaba un delicioso chivito al horno de barro. Así que, tras la llegada y una fugaz ducha, emprendimos una noche que terminaría cerca de las 4 de la mañana. Entre vino, polémicos partidos de truco y el excepcional chivito, del que todos comimos inclusive cuando ya no teníamos más hambre, la noche se fue extinguiendo. Al otro día era mi momento de partir, pero con la sensación de que Malargüe aun guarda muchas cosas para mí. Sin ir más lejos al despertarme recibí la visita de uno de los típicos amaneceres malargüinos y mientras me alejaba, nos prometimos un nuevo encuentro.

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comentarios
  1. La pagina de tu Blog se ha actualizado…

    [..]Articulo Indexado Correctamente en la Blogosfera de Sysmaya[..]…

  2. Gonzalo, reconozco tu esfuerzo por conmovernos,….creo que con el 1% de tu trabajo lo hubieras logrado… Vivo en Santo Tomé, Provincia de Santa Fe, hoy es domingo – estoy haciendo un asado integrado por vacío, cerdo y unos chori que “matan mil”….-. Bueno, mientras eso hago, estoy mirando tu blog- por consejo de mi compañera de vida, Mariel- y descubrí algo y todo,… que me incita, nos incita a dar la vuelta en enero del 17 por el atlántico, Río Gallegos, el Chaltén, SC Bariloche, P. Moreno , Malargûe….. y allí vamos. Felicitaciones, y adelante- esto también es ser Argentino.

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